SEGURIDAD SOCIAL, TRABAJO Y CASA (Poniendo al día la página, hoy 25 de agosto, escrito el 2 de agosto)

Seguridad social, trabajo y casa.
En esta sociedad del bienestar en la que retozamos, tres cosas debieran ser lo primero para todo el mundo. Igual que en los tiempos de los romanos. Un censo de quien vive, dándole de alta en la seguridad social y que cotice, un trabajo para que pueda hacerlo en la medida de sus posibilidades, y un techo dónde vivir, aunque sea humilde. Y lo miréis por dónde lo miréis, esa debe ser la casilla de salida en este juego que es vivir. Y ahora a la tarea de edificar una sociedad igualitaria y con sólidos principios de humanidad…
Dónde no haya odios, ni corrupción. Dónde se persiga el crimen de verdad. Dónde la violencia se llame violencia y sea castigada con dureza. Y no dependiendo de mil tonterías que nos inventamos para creernos como sociedad más avanzados, que no. Que por llamar a las cosas con eufemismos siguen siendo lo que son. Y si rocías a alguien con gasolina, que es inflamable, y le prendes fuego, es violencia. Y si muere, asesinato. Y no empecemos con que, si no hubo intención, con que, si su rostro desencajado denotaba locura, o que débil mental, no sabía lo que hacía. Porque la que ha ardido es mi madre, una buena mujer, y no tengo por qué aguantar tonterías. Murió porque un mal bicho, al que tenía en su casa, incapaz de aceptar las normas, decidió que era hora de pegarle fuego al ama. Y eso es violencia gratuita, asesinato y cárcel. Y tirar la llave, me sale decir, porque estoy caliente, pero sé que «mil años» de castigo para que piense, recapacite, haga acto de contrición y pida perdón, quizás sea su camino a la reinserción. Pero eso no será ni mañana, ni pasado, a la vuelta de tres o cinco años por buen comportamiento ¡Qué no, leches! Que no. Que no era un alma buena ni lo será mientras no cambie y cambiar lleva su tiempo. Erró en su caminar y construir un nuevo paso lleva un proceso y a veces, toda una vida. No querer verlo es demagogia. O que somos tontos por naturaleza. Y si reincide cuando salga con ochenta años, por decir, lo que tiene que ocurrir es que vuelta a prisión y esta vez hasta que se rellenen los formularios de su muerte para enterrarlo. Que mis sentimientos serán de pena por no haber logrado enseñar el camino del bien a un demonio que se perdió. Pero esto, es un trabajo personal de aceptar que no se puede salvar a nadie si no quiere.
Y ahora vamos con robar. Otro espacio en el que por desgracia los que roban están muy cómodos, porque en un país de corruptos, tonto el último que no se lleve la gallina. Lo que pasa es que esa gallina era mía y no acepto, porque no es soportable o tolerable, que te la quedarás tú, miserable. Y lo menos, que te he pillado es que la devuelvas, y luego el castigo. Y ejemplar en tu caso que eras gestor. Por tanto, con la confianza de quienes te pusieron allí, que has traicionado. Y esa traición no puede ser barata o gratuita, porque tú eres un miserable que has jugado a ser el zorro que se come las gallinas. Y no puede ser que la «justicia» le diga «un año por robar y cuando salga que lleve el economato» porque eso es reírse de todos nosotros que vemos como la justicia no es ciega. Pues eso. Cárcel también. Y a la vuelta de muchos años que nos cuente sus impresiones y ya veremos si le dejamos volver y para qué, que nunca será para ocupar ningún cargo público. No seamos ingenuos, que el que prueba el pecado, siempre repite. Bueno conocí a uno, que se metió misionero y lavo su pena en los viejos sitios lejanos, dónde les mandaban. Pero uno, no todos.
Y vamos con los que llegan como José y María a Belem en busca de refugio y un nuevo futuro. ¿Pues no creéis que son merecedores de todo nuestro respeto?
Dura pregunta que requiere… en la que conviene, estar de acuerdo. Para mí, sí. Nadie que por causas nada triviales salga de su casa, de su sitio, de sus raíces, para ir a otro lado con una mano delante y otra detrás, debiera encontrar ni una sola dificultad. Y en las costas a las que ha llegado, allí mismo, la acogida. Eso es humanidad. Todo lo demás. La misma indiferencia de siempre ante el dolor ajeno. Al que parece nos hemos acostumbrado de tal modo que hay discursos duros contra ellos y los aplaudimos. Y esto es para pensar que clase de sociedad somos. O por lo menos una parte, la de siempre, los extremistas que ven enemigos en todos lados.
Pues poco brillo hay en los crónicos empecinamientos que dicen que esta tierra es mía y tú, no entras. Mi opinión. Hijo de gentes que fueron y vinieron siempre. Y que no se me olvida. No sigo dando vueltas a esto.
Sociedad pequeña, la nuestra.
Cientos de Gurús en el tiempo nos han señalado el camino. Mis semejantes son mis hermanos y los respeto. Otra cosa no. Y los respeto. Teniendo por ellos la misma consideración que tengo conmigo.
Y a partir de aquí justicia para tratar a todos por igual, atendiendo su circunstancia y su diferencia. Porque el bien se reparte según el derecho de cada uno, y cada uno quizás necesite algo distinto a ti, que no usas gafas, no eres cojo, o tienes padres y él no. Que hay mil cosas que con ser iguales nos hacen singulares. Y me doy cuenta y lo contemplo.
Y no os marés pensando en esto. Tú y yo somos iguales y a la vez distintos. Y si no lo comprendes haz un acto de fe y cree que es así, porque no lo digo yo. Lo han dicho todos los grandes seres humanos, gentes de bien, que nos han precedido. Y todo lo que nos encamina al bien común es bienvenido.
Y ahora líderes que nos guíen. Gentes cabales y no charlatanes. Pues estos nos engañaran. Y no como ese, esa que veo como vive y reconozco en él grandeza, respeto su autoridad cuando dice, y sigo. Porque es un faro. Y en esta sociedad tan perdida. Necesitamos faros que nos guíen. Y así os lo digo. Repitiendo:
Seguridad social, trabajo y casa. Luego ya veremos de reformar el tejado, pero mientras no tenga nada, en mi casa sobra una habitación, que te la dejo. Sencillo, pura humanidad, mi opinión, para un mundo mejor o menos malo, que decía aquel
©ManuelAcostaMás

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