Suelo escribir sin horario fijo y plasmo las palabras que me vienen tal como lo hacen, no sea que, por no hacerlo, se vayan por el desagüe.
Todo tiene su función en el reino de la vida. Para muchos no, para otros sí. Y si eres de verlo, eres de los pocos que sabes que no hay nada inútil del todo.
Finezas, disciplina honrosa, que ya hartan palabras malsonantes y zafiedades.
Ciego, el amor dice a todo sí, por buena educación. Luego aprende que también en decir “no” hay una verdad que se llama amor… Pero esto se aprende, normalmente, demasiado tarde.
No te fíes del legañoso, que se dormirá en el trabajo, decían los viejos. Y a fe que esos hombres, al borde de la muerte, en muchas cosas llevan razón. Pero, normalmente, no se les escucha.
El o la que enseña su cuerpo a gritos, unos dicen que solo piensan en su ombligo, otros que solo en el bollo —el del “vivo al bollo”—, y otros se deleitan contemplando que hay cuerpos que son insuperables. Y gracias, Dios mío.
De duques, condes y demás nobleza, todo es querer y poco dar. Decía mi madre, que la tenía tomada con ellos.
De “si es de noche y pasa” a “me fui poseída”, hay un entente, entiendo. Pero a veces no. Sin meterme en barrizales de lo que ocurrió. Pero siempre, precaución. Digo, porque pienso que, por mucho que me gusten, yo no me baño con tiburones ni entro en un garito de la mafia a pedir fuego.
En conversaciones todos somos islas maravillosas, pero en hechos ¡cuántos no tienen ni costa!
Las ovejas balan, beeeee… Muchos seres humanos también.
De lo que digo, suelo hablar de oscuridad y también de luz, porque existe y también está dentro de nosotros (también, porque llevamos todos el negro, y algunos hasta la boca feroz).
Me gusta intercalar ráfagas de esperanza, porque vivimos muy en la niebla, y hay que pensar que un simple beso —labios con labios— es un antídoto para cualquier veneno. Y todos somos capaces de besarnos.
Y aquí lo dejo, que la biblioteca cierra y mi voz se desmaya…
Pensando en el amor, que será la lluvia que traerá la vida…
© Manuel Acosta Más