Una mujer camina y yo imagino el resto de la historia.
Y no camina por la sierra de Toloño, anteriormente sierra de Cantabria —que lo leí—, ni por la sierra del Perdón, ni por ninguna otra sierra, sino por una ciudad. Y esta ciudad por la que camina huele a Pamplona, no a Zaragoza, Las Palmas ni ninguna otra ciudad. Porque su aroma es húmedo, como ejemplo a lo que llueve. Tradición norteña. Y en esas tradiciones, a todos observo y os coloco dentro de mi imaginación, para crear una historia como ésta: Se llama Cristina —por un suponer— y se siente muy mujer. Deleitándose en cada paso que da. Gentilmente, que es joven aún. (Este requerimiento, el de ser joven, todos sabemos lo que da: tentación, deseo y gozo de la vida)
Ir, no sabemos, pero imagino que a un estanco, a comprar tabaco… Resignadamente que ya nadie fuma, y está mal visto. Pero claro, escribo con la luz resplandeciente de otro siglo, efluvios de un tiempo antiguo del que se forman los sueños y que nunca volverán.
¿Entonces? ¡Qué suba el humo haciendo volutas y nubes! Un tiempo que muchos echan de menos. Y que en mi imaginación no voy a abandonar. Porque somos millones los que amamos. Veinticuatro horas al día.
Una mujer camina. ¡Qué bonito mirar! Y no la huyo, porque ella nos hace volar. A los que amamos sin necesidad de que nos amen. A ti que me miras, a mi que te veo, y a todos los que soñamos y amamos, como razón de vida.
Una mujer, una flor, camina… ¿y quién no le sigue el rastro?
Y asi os lo cuento.
Manuel Acosta Más