Pamplona calienta motores para ser el gran referente de fiestas mundiales.
Y nosotros, nostálgicos, recordando a mi tío Emilio, ardiente defensor de nuestras fiestas, hemos comprado religiosamente, como hacía él, boletos en la tómbola, mientras veíamos ojipláticos cómo tomaban forma las barracas y hasta el vallado del encierro. Y es que hasta la misa del cinco de mayo acudimos por él, un mozo de Peña que amaba Pamplona y sus tradiciones. Él se bajó de la vida hace un par o tres de años, pero nosotros seguimos y hoy veremos comenzar el Tour, aunque ya no corra Indurain, ese coloso vecino que lo tenía enamorado.
Y este año, función doble, que tenemos Mundial.
Pues reflexionar sobre las fiestas. Mi tío, siempre de punta en blanco, de rojo y blanco, como un buen profesional de las fiestas, ya que no faltaba a ningún acto: iba a gigantes, procesión, plaza de toros, misas y bares. Sin dejar de ir hasta al apartado, el encierrillo, los fuegos artificiales y a las barracas. ¡De punta en blanco! Porque a él le horrorizaba, como a nosotros, ese entender las fiestas para mancharlo todo. Para ensuciar calles y plazas. Para volvernos cerdos, cagando y meando en el primer portal, a las cinco de la mañana, que nos venga a mano. Sí, sí, sí, cerdos.
¿Y eso es la fiesta? ¿Y eso es el buen ambiente? Pues perdonad, no.
Salgamos, divirtámonos, pero ni agresiones ni marranísmos, por favor. Y seamos ejemplo de unas fiestas que se saben poner en el mapa por ese entender la fiesta como espacio para divertirse todos: y los de las sillas de ruedas también.
Emocionémonos con el Riau-Riau y gocemos durante nueve días, dejándonos el alma. Pero, en contra de la tendencia que hace trabajar de más a los servicios de limpieza, seamos cívicos, ciudadanos ejemplares como mi tío: también cofrade de San Fermín y del Oberena. Digo, muy seguro de esto.
Seamos entonces ejemplo de unas fiestas vividas con orgullo y responsabilidad.
Manuel Acosta Más
