Escribir para ti es un detalle  invisible. (Cuentos)

Escribir para ti es un detalle  invisible. (Cuentos)
Era realmente guapo y tan atractivo que Gonzalo no se tenía que esforzar para ligar. Y aunque sus intenciones oblicuas siempre eran las mismas, pocas veces llegaba a la cama, porque sería bello y con esa capacidad de sugestión tan animal. Pero era hablar y lo jodia todo. Y solo las muy desesperadas mantenían el órdago a la grande haciendo oídos sordos, para garantizarse un buen polvo.
Y sucedió que conoció a una doncella que le gustó de verdad. Una mujer interesante, a la par que, sensual, y con carrera, que decía mucho de su nivel de inteligencia. Y se dijo: O cambio o está dirá que soy estúpido y se marchará. Y me gusta tanto que quiero que sea mi punto de apoyo y la madre de mis hijos. Así que ni corto, ni perezoso se metió a estudiar en los agustinos recoletos, había querido en los jesuitas, pero estos guardaron silencio con su solicitud. Y como los otros lo recibieron con los brazos abiertos de mil amores, allá que fue, a Monteagudo. Y sucedió que estudiando estaba, con tanta voluntad y deseo de cultivarse y no ser un bruto que en tres años ya hablaba latín. Y en dos más querían que se fuera a Londres a estudiar matemáticas, porque se reveló como un portento. Y los curas estaban dispuestos a pagarle los estudios. Así que cinco años más necesitó el hombre, Gonzalo, para tener bajo el brazo el título de matemáticas y, sin exigirse mucho, dominar el inglés.
Y volvió, asombrando a cuantos le conocían.
Pero imagínense a una mujer interesante, a la que Gonzalo nunca saludó por no meter la pata, pues ella ya estaba casada y con hijos. Y cuando se lo dijeron se sentó en un banco y lloró.
Porque la fuerza para mejorar, esa mujer, se había ido.
Y aquella noche se fue a la cama abatido. Y abatido estaba y entró en su celda Virginia, la hija de la señora de la limpieza. Una chica sencilla que ayudaba a su madre en las tareas del convento. Y le dice: Sonría usted, no quería saber, pues ya sabe, y quizás otro amor le esté esperando.
Y le miro Gonzalo y le dijo: Eres un sol.
Pues aquella noche y durante nueve días soñó con ella. Y a partir del diez, iba a su encuentro. Pues no pasó un año y se casaron. Porque el amor es así.  Dos almas que se encuentran y siguen juntas. Sin más motivo que entenderse. Y se entendían.
Y así os lo he contado.
©ManuelAcostaMás

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